lunes, 9 de junio de 2014

Mismo idioma, votos, tickets y aplausos


En las idas y venidas de pasos volátiles,
la entrada se carga el lunfardo.
Infinidad de veces, voces genuflexas
tildaron la estética como demoníaca.
Hoy, bajo el llanto de precoces
subordinados a platos recalentados,
mordiendo con gusto la aspereza:
agrios sabores para reventar el parlante.
Sin dogmas, corriendo detrás del monigote
parlando un idioma turbulento.
Ocultando giros, bien saben a que apuntan; 
sombras siniestras de un film con buen porte
no sorprende. Redundancia.
Pura elegancia y clap clap.
 

sábado, 7 de junio de 2014

Cuando me muera quiero ser periodista


"Hay solo dos cosas con las que uno se puede acostar: una persona y un libro."
Ray Bradbury



Si hay una profesión maravillosa, esa es el periodismo. Para entender ciertos contextos hemos necesitado de plumas incansables por ponderar la verdad: Roberto Arlt, Rodolfo Walsh, Paco Urondo, Fabián Polosecki, Eduardo Galeano, Aníbal Ford, Vicente Zito Lema, Horacio Verbitsky, Bernardo Verbitsky, Osvaldo Soriano, Enrique Symns. Y si nos remitimos a la actualidad, podemos hacer uso, no solo de firmas de este calibre, sino también de revistas comprometidas con las buenas mediaciones: Sudestada, NAN, Hecho en Bs As, Mascaró y una mítica que ocupo un lugar importantísimo, a principios de los setenta. Me refiero a Crisis. Aunque tampoco puedo olvidarme de una de las revistas más irreverentes de principio de los ochenta: Cerdos y Peces.
Por detrás de este oficio existieron y sigue existiendo, las mil maneras de darle su condición de academicismo, pero en boca de periodistas y cuando se someten a los primeros garabatos para completar una hoja en blanco, atrás queda cualquier síntoma de condición cientificista. Escribir periodismo por sobre todas las cosas, lleva un deber ético y aventurero a la hora de informar o dar a conocer algo que estaba siendo relegado por la cultura oficial. Es poner en la superficie, una figura, un hecho o destrabar cualquier especulación que intenta hacer la clase dirigente. Pues, insubordinarse desde la palabra y hacia las formas estéticas que intentan condicionar, es esencial para no sentarse a comulgar con los patrones de la información.
“Yo creo que el ejemplo de (Rodolfo) Walsh en la generación clandestina de noticias (ANCLA) y otros instrumentos de prensa durante la dictadura, nos permite a nosotros entender que el periodismo es posible de hacerlo, aun en las peores condiciones posibles. Estamos hablando de un intelectual perseguido, un tipo que estaba clandestino viviendo en San Vicente con su familia víctima, también, de la misma dictadura que lo estaba persiguiendo él y con pocas herramientas en su mano. Con una postura crítica con respecto a la organización a la que pertenecía, de todas maneras era capaz con un grupito pequeño de periodistas y un puñado de herramientas concretas: dos máquinas de escribir, papel carbónico y la decisión de hacerlo, intentar plantar una bandera frente a un mapa del periodismo que en ese momento estaba vinculado a los que se iban del país por miedo y los que se quedaban y eran complacientes con el poder militar de entonces…”,  decía Hugo Montero - director de la Revista Sudestada – al informativo Visión 7, en el marco de la conmemoración del día del periodista y en base a la edición especial que hizo la revista sobre Rodolfo Walsh. Referente para muchos.
Muchas de estas personas antes mencionadas, conscientes de las banderas que había que sostener y pese a las pacatas posiciones de ciertos poderes, siguieron siempre adelante con consecuencia. Viviendo el periodismo en los constantes actos de sus vidas y no solamente de puertas adentro en la redacción. Más allá del trabajo y de que muchos escribían para poder comer, nunca se dejó de darle identidad a la identidad. Forjándose el mapa de conocimiento en los cafés y charlas con tipos arrojados a la generosidad intelectual, con pocos ánimos de presumir talento más allá de tenerlo.             

lunes, 26 de mayo de 2014

Un día como hoy


Arriba de la cama, escondida entre los almohadones, habían quedado las llaves del auto. Era tardísimo, di vuelta la casa de arriba abajo; el piso terminó repleto de papeles, casi no pisaba baldosas. El perro, recostado en su lugar de dormir, miraba atentamente pero sin alterarse. A lo sumo si era un ruido que retumbaba, levantaba las orejas. En cambio para mi todo representaba un escándalo. Desde el trabajo me habían llamado tres veces; mi jefe sin ningún tipo de piedad, con la voz cortante me dejó en claro que este mes bajaría el presentismo. Eso implicaba, por lo menos, quinientos pesos menos en el sueldo. Largué una puteada terrible. Desde el patio de la vecina se escuchó "amen" y volví a putear, pero esta vez a ella.
Al salir a la puerta pisé caca de perro; "esa es la de enfrente que no limpia lo que deja su perro", protesté por lo bajo. Un vecino, mientras limpiaba la suela del zapato, se acercó y me dijo que mi auto no estaba por ningún lado: "cuando salí a caminar, como hago todas las mañanas, vi que su auto no estaba en el lugar de siempre. No me preocupé enseguida porque pensé que lo había cambiado de lugar por la cantidad de autos que se estacionan en la cuadra pero cuando di la vuelta manzana, no lo vi por ningún lado." Corrí hasta la esquina, a ver el lugar donde siempre dejo el auto y efectivamente no estaba. Entre el Volkswagen gol rojo y el Fiat spazio blanco, quedó un hueco. "mi auto, la puta madre", grité a los aires. Llamé a la compañía de seguros para hacer la denuncia. Una grabación pedía que espere porque todas las lineas estaban ocupadas. Gasté todo el crédito del celular, las lineas seguían ocupadas. Caminé hasta la parada del colectivo, aproximadamente diez cuadras. Ninguno paró, venían repletos. Paré un taxi, una señora se quejó y decía que ella lo había visto primero. Discutimos unos minutos, hasta que el taxista pidió que se suba uno, que lo compartiéramos o que cerremos la puerta porque se quería ir. Finalmente compartimos el viaje. La señora iba pintandose en el auto y le reprochó varias veces al chófer, que pase las lomas de burro más despacio. Terminó con un ojo con sombra por demás. Cualquiera diría que la noche anterior no durmió. Para mi fortuna, ella se bajó primero. Antes me miró con unos ojos poco esperados para la situación. Con la boca totalmente pintada de rojo y acomodándose las medias de lycra, soltó: "gracias por invitarme el viaje" y cerró la puerta. El tachero se rió y movió la cabeza como decepcionado por mi falta de autoridad ante la situación. La mujer para ese entonces ya había cruzado la puerta de un banco, el semáforo se había puesto en verde y su imagen se fue haciendo más chiquita, hasta perderse entre los autos. El taxi tuvo que desviarse a causa de un corte. Esta vez, era por unos manifestantes que pedían agilidad en los transportes públicos.
El viaje duró aproximadamente dos horas y el taxímetro marcó doscientos cincuenta pesos.Le pedí que me deje donde sea y pagué con lo ultimo que tenia en el bolsillo. Llegué sin una moneda. En la oficina, hubo atención por demás cuando llegué. Susurraban por lo bajo y esperaban una manifestación de vergüenza por mi parte. Sin inmutarme, acomodé el escritorio porque el día anterior lo había dejado lleno de papeles. Busqué un café de la maquina, incliné la silla y con sorbos chicos fui recobrando la templanza. Repasé algunos titulares desde los portales de Internet y como ya me lo suponía, a los minutos de haberme acomodado, lo tuve a mi jefe parado en mi escritorio que con las cejas fruncidas pedía explicaciones. No di ninguna explicación de todo lo sucedido, le dije que para hacerlo me devolviera el presentismo pero no hubo trato. Se mantuvo firme en todo momento. Volví a reprocharle lo del presentismo para dar explicaciones y nada. Reclamaba una justificación a mi llegada tarde y ahora había agregado, que si nos la exponía me suspendía. En medio de los reproches mandé un mensaje de texto y se enfureció más por mi falta de atención. "Hablemos de yerno a suegro", le dije sin pudor. Se puso todo rojo. Sonó su celular. Al rato volvió y con el orgullo inflado, hizo un gesto de grandilocuencia. "Mi hija dice que te diga que quiere el divorcio", dijo y caminó a su oficina. La secretaria, petisa, media regordeta, para no perder la costumbre, ya había escuchado todo y con un estilo poco afincado a lo laboral, me avisó que las llaves de mi auto, ahora, estaban en su poder, que si las quería pase por su oficina y cierre la puerta. 

jueves, 22 de mayo de 2014

Mosh


Inefable, un ser ama su vida
trazos bochornosos, reticentes
no le quites el canto
la lírica es ingobernable.

No me queda más que esto;
palabras intranquilas
no saludables: detestan el saludo
mienten buscando placer

Siguen sin saber de la cordura
anodinas en la multitud
victimas de muerte
caminan solas


lunes, 28 de abril de 2014

Para contar historias /Gabriel García Márquez, fragmento/



Lo único que he querido hacer en mi vida –y lo único que he hecho más o menos bien- es contar historias. Pero nunca imaginé que fuera tan divertido contarlas colectivamente. Les confieso que para mí la estirpe de los cuenteros, de esos venerables ancianos que recitan apólogos y dudosas aventuras de Las mil y una noches en los zocos marroquíes, esa estirpe, es la única que no está condenada a cien años de soledad ni a sufrir la maldición de Babel.
Hasta ahora había parecido difícil, por no decir imposible, observar en detalle los caprichosos vaivenes de la imaginación, sorprender el momento exacto en que surge una idea, como el cazador que descubre de pronto en la mirilla de su fusil el instante preciso en que salta la liebre. Pero con el texto delante creo que será fácil hacer eso. Uno podrá volver atrás y decir: “Aquí mismo fue”. Porque uno se dará cuenta de que a partir de ahí –de esa pregunta, ese comentario, esa inesperada sugerencia.-fue cuando la historia dio un vuelco, tomó forma y se encauzó definitivamente.
Estamos para contar historias. Lo que nos interesa aprender aquí es cómo se arma un relato, cómo se cuenta un cuento. Me pregunto, sin embargo, hablando con entera franqueza, si eso es algo que se pueda aprender. No quisiera descorazonar a nadie, pero estoy convencido de que el mundo se divide entre los que saben contar historias y los que no, así como, en un sentido más amplio, se divide entre los que cagan bien y los que cagan mal, o, si la expresión les parece grosera, entre los que obran bien y los que obran mal, para usar un piadoso eufemismo mexicano. Lo que quiero decir es que el cuentero nace, no se hace. Claro que el don no basta. A quien sólo tiene la aptitud, pero no el oficio, le falta mucho todavía: cultura, técnica, experiencia…Eso sí: posee lo principal. Es algo que recibió de la familia, probablemente, no sé si por la vía de los genes o de la conversación de sobremesa. Esas personas que tienen aptitudes innatas suelen contar hasta sin proponérselo, tal vez porque no saben expresarse de otra manera. Yo mismo para no ir más lejos, soy incapaz de pensar en términos abstractos. De pronto me preguntan en una entrevista cómo veo el problema de la capa de ozono o qué factores, a mi juicio, determinarán el curso de la política latinoamericana en los próximos años, y lo único que se me ocurre es contarles un cuento. Por suerte, ahora se me hace mucho más fácil, porque además de la vocación tengo la experiencia y cada vez logro condensarlos más y por tanto aburrir menos.
La mitad de los cuentos con que inicié mi formación se los escuché a mi madre. Ella nunca oyó hablar de discursos literarios, ni de técnicas narrativas, ni de nada de eso; pero sabía preparar un golpe de efecto, guardarse un as en la manga mejor que los magos que sacan pañuelitos y conejos del sombrero. Recuerdo cierta vez que estaba contándonos algo, y después de mencionar a un tipo que no tenía nada que ver con el asunto, prosiguió su cuento tan campante, sin volver a hablar de él, hasta que casi llegando al final, ¡paff!, de nuevo el tipo –ahora en primer plano, por decirlo así-, y todo el mundo boquiabierto, y yo preguntándome, ¿dónde habrá aprendido mi madre esa técnica, que a uno le toma toda una vida aprender? Para mí las historias son como juguetes y armarlas de una forma u otra es como un juego. Creo que si a un niño lo pusieran ante un grupo de juguetes con características distintas, Empezaría jugando con todos pero al final se quedaría con uno. Ese uno sería la expresión de sus aptitudes y su vocación. Si se dieran las condiciones para que el talento se desarrollara a lo largo de toda una vida estaríamos descubriendo uno de los secretos de la felicidad y la longevidad. El día que descubrí que lo único que realmente me gustaba era contar historias me propuse hacer todo lo necesario para satisfacer ese deseo. Me dije: esto es lo mío, nada ni nadie me obligará a dedicarme a otra cosa. No se imaginan ustedes la cantidad de trucos, marrullerías, trampas y mentiras que tuve que hacer durante mis años de estudiante para llegar a ser escritor, para poder seguir mi camino, porque lo que querían era meterme a la fuerza por otro lado. Llegué inclusive a ser un gran estudiante para que me dejaran tranquilo y poder seguir leyendo poesía y novelas, que era lo que a mí me interesaba. Al final del cuarto año de bachillerato –un poco tarde por cierto- descubrí una cosa importantísima, y es que si uno pone atención a la clase después no tiene que estudiar ni estar con la angustia permanente de las preguntas y los exámenes. A esa edad, cuando uno se concentra lo absorbe todo como una esponja. Cuando me di cuenta de eso hice dos años –y el cuarto y  el quinto- con calificaciones máximas en todo. Me exhibía como un genio y a nadie le pasaba por la cabeza que eso yo lo hacía para no tener que estudiar y seguir metido en mis asuntos. Yo sabía muy bien lo que me traía entre manos.
Modestamente me considero el hombre más libre del mundo –en la medida en que no estoy atado a nada ni tengo compromisos con nadie- y eso se lo debo a haber hecho durante toda la vida única y exclusivamente lo que he querido, que es contar historias. Voy a visitar a unos amigos y seguramente les cuento una historia; vuelvo a casa y cuento otra, tal vez la de los amigos que oyeron la historia anterior; me meto en la ducha y, mientras me enjabono, me cuento a mí mismo una idea que venía dándome vueltas en la cabeza desde hacía varios días… Es decir: padezco de la bendita manía de contar. Y me pregunto: esa manía, ¿se puede transmitir? ¿Las obsesiones se enseñan? Lo que sí puede hacer uno es compartir experiencias, mostrar problemas, hablar de las soluciones que encontró y de las decisiones que tuvo que tomar, por qué hizo esto y no aquello, por qué eliminó de la historia una determinada situación o incluyó un nuevo personaje… ¿No es eso lo que hacen también los escritores cuando leen a otros escritores? Los novelistas no leemos novelas sino para saber cómo están escritas. Uno las voltea, las desatornilla, pone las piezas en orden, aísla un párrafo, lo estudia, y llega un momento en que puede decir: “Ah, sí, lo que hizo este fue colocar al personaje aquí y trasladar esa situación para allá, porque necesitaba que más allá…” En otras palabras, uno abre bien los ojos, no se deja hipnotizar, trata de descubrir los trucos del mago. La técnica, el oficio, los trucos son cosas que se pueden enseñar y de las que un estudiante puede sacar buen provecho.
En una cátedra de literatura, con un señor sentado allá arriba soltando imperturbable un rollo teórico, no se aprenden los secretos del escritor. El único modo de aprenderlos es leyendo y trabajando. Eso no quiere decir que vayamos a sofocar la imaginación, entre otras cosas porque aquí funciona también el principio del brain-storming: hasta los disparates que se le ocurren a uno deben tomarse en cuenta  porque a veces, con un simple giro, dan paso a soluciones muy imaginativas.
No se concibe al participante de un curso que no sea receptivo a la crítica. Esto es una operación de toma y daca, y hay que estar dispuesto a dar golpes y a recibirlos. ¿Dónde está la frontera entre lo permisible y lo inaceptable? Nadie lo sabe. Uno mismo la fija. Por lo pronto, uno tiene que tener muy claro cuál es la historia que quiere contar. Partiendo de ahí, tiene que estar dispuesto a luchas por ella con uñas y dientes, o bien, llegado el caso, ser suficientemente flexible y reconocer que, tal como uno la imagina, la historia no tiene posibilidades de desarrollo. ¿Qué podemos hacer para seguir alimentando la manía de contar que todos padecemos en mayor o menor grado? Por lo pronto, si uno quiere ser escritor o periodista-escritor tiene que estar dispuesto a serlo veinticuatro horas al día, los trescientos sesenta y cinco días del año. ¿Quién fue el que dijo aquello de que si me llega la inspiración me encontrará escribiendo? Ése sabía lo que decía. Los diletantes pueden darse el lujo de mariposear, de pasarse la vida saltando de una cosa a otra sin ahondar en ninguna, pero nosotros no. El nuestro es un oficio de galeotes, no de diletantes.

(Fragmento del prólogo de García

Márquez a su libro la Bendita manía de contar)

miércoles, 23 de abril de 2014

Bonzi II

Las canciones de cumbia
movían nuestras juntadas.
Damas gratis va a tocar,
decía el parlante.
En las plazas vimos las pastillas:
verdes, rojas y blancas.
Todas mezcladas en el florero.
El hemisferio de la juventud era puro ademan
de esa valentía, que se hace agonía al crecer.
Fuimos ese rock de las esquinas.
Las cintas rebobinadas con lapicera
para escuchar al Indio Solari.
¿Quién no creyó en oktubre?
Los brotes interbarriales,
escenarios medievales
y todas las escaramuzas
a puro botellazo limpio.
Guerreros a ultranza,
pululando el azar de vivir.
Cuando se abrieron las fronteras
vino gente con mucho que enseñar.

viernes, 18 de abril de 2014

Bonzi I

Eramos chicos en Bonzi
y crecimos separados
nuestras calles de brea derretida
nos encontró con fútbol, drogas y rock
Muchas personas conocí
cada una fue el eslabón de la experiencia.
Perdimos la chaveta,
entre alambres, baldíos (ahora hechos sociedad de fomento)
he escuchado las mejores anécdotas.
La ultima seca nunca fue comedida.