viernes, 18 de abril de 2014

Esnob

En los pasos más pequeños
pude ver desesperanza
esos libros dieron miedo
los discos, algunos, aturdieron
todavía no podía levantar
¿quién tolera este espacio?
no es posible el olvido
se ha vuelto picardia divagar.



martes, 15 de abril de 2014

Rimas para niños


Las depresiones dominicales generan los momentos apropiados para la selección de las historias que van a ser publicadas. El trabajo lo hace en su oficina que esta en microcentro porque en su casa lo distraen sus hijos, que van de acá para allá. Primero elige un habano, se sirve un café cargado y se acomoda en el sillón verde, que lo acompaña desde hace años. Al empezar a leer la primer historia que sacó de un sobre color madera, un sonido poco armonioso lo irrumpió y al atender el teléfono, quedaron las hojas desparramadas en el escritorio.
- Hola – dijo sin ganas.
- Soy Claudio Godines ¿te acordas de mi? – preguntó con furor.
- La verdad que no y en este momento no estoy para adivinanzas. Estoy trabajando.
- Ninguna adivinanza. Ya te dije mi nombre. Te mandé un cheque por las ediciones que hiciste de mi libro ¿Te llegó?
- Ah, no sé. Después me fijo. Ahora estoy leyendo historias para seleccionar cual publicar y hasta ahora son bastante aburridas.
Ya que se nota que no tenes nada para hacer, escucha. No tengo ganas de ponerme en crítico - dijo y se puso a leer un cuento.

Cuando veía que todos anotaban sin parar y mi cuaderno estaba vacío, empezaba a cuestionarme si realmente estaba en el lugar correcto. Miraba las caras y todos estaban atentos al pizarrón. El profesor lo único que hacía era anotar palabras sueltas y a lo ultimo anotaba lo que había que leer, pero lo que podía escribir de todo eso era nada. Estaba a mitad de un cuento que no podía terminar porque no se me ocurría un final. La chica que se sentaba al lado miraba de a ratos, sin dejar de escribir en su cuaderno; cada palabra del profesor le parecía interesante. Medio que intentaba leer, incluso a veces dejaba la mirada en mi cuaderno y seguía las oraciones que iba desparramando como desesperado, intentando darle forma a la historia. Pero nada. No salía algo concreto para arrebatar al lector. Ni medio cross tenía. De repente la chica, disculpándose, me empieza a hablar sugiriéndome un posible final: “Y si pones algo así como que la chica se hace lesbiana y mata al novio de su amante. ¿Queda muy pochoclero? ” La miré sorprendido por la ocurrencia, sin saber hacia donde salir. Quede pensando un momento, hasta que contesté intercalando una sonrisa. “Guau, eso es bastante fuerte. No se me ocurrió una muerte pero quizás podría considerarlo, total se puede justificar el asesinato como un acto de despecho.” Ella se río y a todo esto ya había dejado de prestar atención hacía más de quince minutos. “¿Ya publicaste algo o te leyó alguien?”, preguntó interesada. En ese momento pensé en dar una respuesta subida a algún lugar inexistente, que sé yo: sí, publiqué dos novelas y gané un concurso de algo. Pero semejante traición a mi mismo, me causaba una baja de autoestima. Incluso sabiendo que ya había quedado a mitad de camino en varios concursos, donde los jurados que te leen son terribles trituradores: con dos oraciones ya saben si sos bueno o si te tenes que dedicar a otra cosa. Es bastante dura la elección de ser escritor, si no naciste con talento. A todo esto a mi compañera de banco le contesté con la pura verdad: “Hasta el momento la única que me ha leído fue mi prima, que como esta entrada en años, y no pudo deshacerse de estilos del siglo XX, piensa que escribir debe ser como lo hacía Garcia Marquez. Y cada vez que le digo que no me gusta ese autor, me mira con tristeza y deja de leerme. Acto seguido dice: te falta leer Cien años de soledad para saber lo que es bueno. En fin, es una discusión eterna. Una vez intenté con una poesía. Ya podrás imaginarte que no la pasé muy bien, me mandó a leer a Oliverio Girondo. Era frustrante tanto rechazo y las ganas por sentarme frente a una computadora de a poco se volvían nulas. Los dedos temblaban ante cada tecleo, estaba colapsado del boom latinoamericano. Esta prima no paraba de encargarse de dejarme en claro lo malo que era”. La chica no me sacó la mirada en ningún momento pero se quedó callada varios minutos. Pensé que iba a reírse de mi desgracia y todo lo contrario. Me alentó con entusiasmo para lanzarme a la publicación. Eso realmente era una motivación, pero no pude evitar quebrarme. Comenzaron a caerme lágrimas, sentía una gran impotencia por la situación. Ahora me veía obligado a confesar otra verdad, ya que la chica se veía sincera conmigo. “Todo lo que te conté anteriormente me sacó las ganas de seguir en este camino y hace poco terminé un taller, en el cual aprendí a hacer rimas para niños. Era tal la desesperación por ser publicado que no tuve más opción. Mi prima me lo había dejado en claro: “La literatura no es lo tuyo”. Lo resigné todo. Con esto tengo éxito de verdad, en los jardines algunas madres jóvenes me declaran su amor; me llaman el Cortazar de los guardapolvos verde.”

- Estas escuchando esto – dijo Claudio sorprendido.
- No lo puedo creer…
- Es muy bueno, ¿no?
- Más allá de eso. La historia es real. El tipo que te mandó esta historia fue alumno mío de ese taller que esta mencionando.
La primera clase, lo primero que me dijo fue que quería hacerse conocido con las letras y que su prima le había bajado la moral porque no leía a Garcia Marquez. 
- Ah, esto ya es impresionante…
- Sí, que coincidencia.
- No, eso no. Lo último que me faltaba escuchar es que das un taller de rimas. Deja de robar, hombre.
Bueh…vamos a terminar de leer esto, que quiero saber cual es el final de este tal Cortazar para infantes. 

Continuo con la lectura.

Lo primero que hizo mi compañera de banco fue abrazarme en el medio de la clase. El profesor nos pidió que lo romances se concreten fuera del aula y sin responder nada, me sacó del aula tirandome el brazo. No entendía nada, pero aproveché para comprar un café en el bar. Los precios eran mucho más baratos que en cualquier confitería y le invité uno. No paró de insistirme en que mande algunos cuentos a revistas y demás lugares que ella conocía. Pero me resistí a todo eso. No quería abondar las rimas, ya sabía la estructura y el trabajo creativo era mucho menor que si me sentaba por un cuento o una novela. Después del café, le dije que me iría a casa para terminar unas rimas que estaba por publicar. Estaba contento porque sería mi primer material publicado en libro. Hasta el momento solo eran revistas infantiles o envoltorios de chocolates. Quiso acompañarme y no me opuse. Mientras esperábamos el colectivo le conté como sería la tapa del libro, los dibujos y que estaría prologado por un amigo de la infancia, que hacía muy poco había terminado la carrera de profesor en letras. Ese si que sabe de verdad, le dije sonriendo. Empezó a preguntarme con quién vivía y le contesté, con mi prima, un hermano y mi mamá. “¿Con tu prima?”, preguntó con sorpresa. Sí, contesté con toda naturalidad y justo vino el colectivo. En el trayecto se quedó dormida sobre mi hombro. No voy a negar que miré varias veces para ver si me estaba babeando, pero no paso nada. Totalmente seca estaba la zona. Al rato me quedé dormido yo y nos pasamos de la parada. Nos despertó el chofer donde termina el recorrido, así que tuvimos que esperar hasta que saliera otro que volviese. Veinte minutos, fueron más o menos. Cuando llegamos a casa le ofrecí algo para tomar y al principio no aceptaba nada, porque estaba tímida. Al rato en mi habitación escuchamos algunos discos y la tensión empezó a bajar. Nos besamos intensamente, hasta que golpeó la puerta mi madre para pedirme que bajara la música porque mi hermano dormía. No me importó, no había buena relación con él. Nos pusimos hablar sobre el libro y me pidió que le mostrara lo que tenía armado. Lo busqué por toda la habitación pero no estaba. Di vuelta todo. Le pregunté a mi mamá y me contestó que la ultima que lo vio, lo tenía María. Apreté los dientes y sin contestar, volví a mi cuarto. La miré a ella y le dije: “cagué”. “¿Quién es María?”, preguntó con temor a que sea algún romance y solo pude decir: “mi prima.”

- Esta historia es malísima, Godines. No tiene nada nuevo – dijo resignado.
- Claro, ahora entiendo todo…
- De que estas hablando, boludo. No te hagas el misterioso.
- Fíjate que te mandé un libro bastante gordote que tiene rimas y es para publicar.
- Si, acá lo veo y…
- ¿Quién es el autor? – preguntó sin dejarlo terminar.
- Ma…

- ¡Como la cagó!           

sábado, 22 de marzo de 2014

El último rockero de Boedo



Haga de cuenta que por una vez en la vida perdió los estribos...



Si el barrio de Boedo necesitaba una definición clara, poética y sin solemnidad, para dejar en claro su condición de barrio y que no se acuesta con ninguna magnificencia, tuvimos que llegar a las palabras de Fabián Casas. Un escritor que a fuerza de contar buenas historias, logra convencer con una estética plasmada de originalidad. Una descripción clara sobre este autor sería introducirse en un espacio poco probable de alcanzar. Y para no fracasar en el intento vamos hacer que en el transcurso de la nota, hablen sus textos.
Casas siempre estuvo atravesado por historias delirantes e inquietantes. Por ejemplo, una de ellas fue cuando tenía veintiún años y se estaba por casar. Faltaban dos semanas para su casamiento y se fue de viaje al norte argentino del país durante dos años, recorriendo no solo el norte sino también Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia. Después en uno de sus trabajos pasajeros que le tocó ser repositor en una empresa de lácteos, fue despedido al poco tiempo porque había fumado marihuana y se quedó dormido dentro de la cámara conservadora. Lo sacaron en camilla.
Más allá de que las anécdotas puedan rozar lo cómico, forman parte de una personalidad que muchos, quizás, llamen descabellada por sus comportamientos. Casas, si hay algo que tiene claro es lo que no quiere ser, por eso puede satisfacer lugares de la escritura que resultan provocadores y de alguna manera renovadores. Hay muchos escritores que quizás puedan hacerlo de la misma manera o mejor, pero la fuerza de la espontaneidad y la impronta para describir ciertos escenarios y personajes, ya es una marca propia de este autor. Estas historias plagadas de rock, clase baja, intranquilidad y fobias, ya forman parte de una cosmovisión aggiornada de lo que es vivir en la actual sociedad. Hay una mano que logró traer un aire fresco a nuestras letras sin ningún tipo de acomedidas palabras, ni de cuidados que protejan las rebosantes crudezas que se desataron del tan recordado 2001 hasta la fecha.
Uno de sus cuentos más pertinentes para hacer un recorrido en todo esto que venimos diciendo desde el comienzo, se llama “El bosque pulenta” y en uno de sus andamiajes, logra hacernos fabricar una escena de jóvenes que en honor a su barrio de pertenencia, van a dejar en claro quién es que el manda allí.
Mañana a la noche nos juntamos en la esquina de Maza y Estados Unidos, vamos a ir al Parque Rivadavia, para ver cuantos son. ¿Quién dijo eso?, digo. Máximo y los dulces estuvieron de acuerdo. También dicen que va a venir Chamorro y pibes de la Martín Fierro, me larga, para darme a entender que vamos a estar bien pertrechados. Parece que los del Parque Rivadavia se reúnen a la noche bajo el monumento. La idea es seguirlos y después apretarlos cuando se van. ¿Y Chopper?, digo. De Chopper se encarga Chamorro, dice. Una pelea de titanes, digo. La tercera guerra mundial, dice.
A raíz del titulo del cuento, Boedo empieza a contarnos cosas desde una antropología mundana, callejera y psicodélica, que más allá de la ficción comparte cosas con la realidad de hace unos momentos atrás, nomás. No deja de sorprendernos con personajes que sin ningún tipo de problemas podemos comparar con películas de pandillas.
Nosotros empezamos a correr por Venezuela cuando cayó la yuta.
A mí me agarró Máximo y me metió en un taxi. Estaba aturdido. Máximo sangraba por toda la cara.
¿Fueron al Ramos Mejía?
No. No teníamos plata para pagar y ni bien salimos de ese quilombo Máximo le dijo al tipo que no teníamos un mango y nos hizo bajar. Yo bajé por un lado y Máximo por el otro. Pero no lo volví a ver.
Con este poder contundente, sumado al peso de las historias que con gran fuerza noquean a medida que se van leyendo, podemos hacer eje en este narrador. En Fabián Casas.
Son las seis de la tarde y ya se pone oscuro. Estoy tirado en mi pieza, escuchando Abbey Road, de Los Beatles. Escucho sobre todo el lado dos, ese el que más me gusta. Canciones enganchadas o, mejor dicho, una melodía original que va sufriendo mutaciones. Los Beatles; esos si que eran grandes. Lo puedo asegurar. A lo sumo puedo escribir, citar, poner fechas. Por ejemplo: el verano tardó muchísimo en irse. Un calor húmedo y terrible, sábanas húmedas, cigarrillos doblados, olor.
Pero ahora estoy, o estamos – si es que afuera de esta pieza queda alguien vivo – en medio del invierno. Oscurece: ya casi es noche cerrada. Me imagino a las familias alrededor de las mesas, preparadas para cenar, con los hogares encendidos y los leños quemándose en su felicidad. Las rutinas cotidianas del verano modificadas hasta el próximo año.
Firmeza y gran caudal de imágenes, son las que nos cuenta aquí en su cuento Ocio. La fuerza de la pereza muchas veces sirve para poder reflexionar, acerca del yira yira de la vida. Ese swing logra que suene sin ningún tipo de bombo, ni frases rimbombantes, haciendo que se introduzca en nuestros cuerpos y logrando provocar – casi al igual que una canción de Zeppelin – el constante movimiento de nuestra punta de los pies. Compases bien dirigidos forman esta gran prosa que no deja de lubricar este particular estilo. Si fuese una banda de rock, la recomendaría para que la escuchen

domingo, 2 de marzo de 2014

Anti - joven


A fuerza de crueldad
una mente macabra
perece insolente
en almas desterradas.
La cúpula contrae ausencia
ostracismo a los amantes:
sobre el mantel
la última postal;
una sonrisa con manos
despide furores temporales.
Políticas díscolas
no merecen atención
destruyen e instruyen
a subordinados de aliento fugaz
minúsculos albores
artículos del perdón
fracasan en anunciar
¡fraternidad!
lectura cómplice de un mes
cuando es tiempo de saltar
huyen hacia plegarias.
Ampulosas reflexiones
atados a la vertiginosidad.
Pontífice, venerado rey
no sucederá...
una vez más

No me cortes el cable


De Pez a Montaner 


La tarde se había oscurecido. Se avecinaba una tormenta que no estaba pronosticada en ningún noticiero pero que era una realidad desde el balcón. Las nubes cada vez ennegrecían más. Me quedé sin cable y la heladera estaba al borde de pedir “por favor llénenme”. Tenía ganas de una cerveza fresca. Miré por la ventana y ya llovía copiosamente. El único paraguas que tenía estaba roto, así que no tuve más remedio que caminar bajo el agua.
Mientras esperaba el ascensor, no pude evitar distraerme con olor a carne asada que provenía del departamento del vecino. Hacía tanto que no olía eso, que se impregnó en las fosas nasales rápidamente. El estomago hacía unos ruidos misteriosos, cualquiera que hubiese estado al lado mío en ese momento hubiese pensado lo peor; desde asqueroso a repugnante, caben todos los adjetivos. Traté de calmar la ansiedad de la panza con un alfajor que compré en el kiosco del “gordo lumpen”. Le quise comprar una cerveza para evitar el trayecto a los chinos, pero no me la quiso vender porque le debo cuatro envases. “Hasta que no me traigas los envases no hay cerveza, macho”, dijo con cara seria.
Camino a los chinos saludé algunos conocidos del barrio, que preguntaron por la ausencia de mi prima, pero solo sonreí mientras pensaba a cuantos se habrá bajado la muy sin vergüenza. Seguí camino. Cuando pasé por la ventana de una casa de comidas, escuché sonar una canción de Pez. Era la canción que decía: soy porteño, cabeza de departamento…; por cierto, una de mis preferidas. Llegué a los chinos tarareando toda la canción, dejé dos envases y me dieron un pedazo de plástico que tenía el numero dos. Además de las cervezas, agarré un paquete de papas fritas que fui comiendo mientras esperaba para pagar. Una china, enojada, habló con la que atendía la caja. No entendí nada. Veinte mil palabras por minuto. Lo que quedó claro es que no pude comer las papas fritas.
La vuelta a casa fue más rápido, igual pasé de nuevo por la ventana donde escuché a Pez y esta vez, estaba sonando Ricardo Montaner. Eclécticos, pensé. Llegando a casa, me entretuve escuchando como le declaraban amor a las chicas que pasaban por la vereda del lavadero de autos. Uno que tenía el trapo al hombro, dejaba chiquito a cualquier poeta consagrado. Expresiones sin ningún tipo de vuelta esnob. “Mamita te chupo toda” o “te dejo que me cagues encima”, largaban sin escatimar. Mientras gritaba y yo largaba carcajadas, miró hacia donde estaba, buscando complicidad. Atiné a levantar la cerveza, aprobando las cursilerías.
A dos metros de la puerta del departamento había una camioneta del servicio de cable. Eran dos tipos con pretensiones de cortar la señal y ante la molestia del consorcio, en defensa de los afectados, estos hombres mostraron un papel que indicaba una orden de corte. Atravesé el bullicio, todavía la cerveza estaba fría. Serví un poco y terminé de leer Viaje al fin de la noche. Este Celine tiene una prosa demoledora. Sobre el final del libro, fue inevitable no escuchar los gritos que provenían del estacionamiento. Desde el balcón vi como los vecinos habían arrinconado a los dos tipos del cable. Hubo algunos empujones y las puteadas de siempre. Algunas señoras con sus palos de amasar, amenazaban algún golpe ante cualquier intento de corte. También había dos perros enormes que  – creo que eran ovejeros alemanes – ladraban rabiosos. Los tipos del cable dispuestos a todo, sacaron lo más próximo que tenían. Uno sacó un Cutter y el otro, mostró una llave inglesa de gran tamaño. Amenazaron con usarlos si seguían acercándose. Uno de los vecinos, enojadísimo, gritó: “váyanse a cortarle el cable al presidente. ¡Manga de ladrones! Después intento acercarse con su puño izquierdo cerrado y el que tenía la llave inglesa, ni siquiera esperó el amague que ya le había pegado en la cabeza. El hombre perdía sangre a chorros, mientras se tomaba la cabeza, los puteaba sin parar. En la puerta se escuchó la sirena de la policía pero nadie se hizo alarde de esto. Los policías patearon la puerta de entrada, eran tres, e intentaron poner calma.  El vecino de la cabeza rota apareció en el medio de la bataola con un arma y tiró unos tiros al aire. Lo detuvieron. La gente se dispersó, algunos volvieron a sus casas y los más curiosos esperaron a que todo se termine. Al otro día me desperté, prendí la tele y tenía cable. Salí al balcón, saludé a Sofía – es quién mantiene impecable el edificio – mientras veía como lavaba la sangre del piso.
- Ey Sofi ¿y esa sangre? – pregunté sorprendido.
- Estos del cable hicieron un quilombo bárbaro. Le dieron a uno con una llave inglesa en la cabeza.
- Ah, eso lo vi. Entonces no mataron a nadie…
- No, gracias a dios. Igual dicen que van a volver, estos mal nacidos – dijo, mientras pasaba la escoba sin parar.

- No importa, Sofi. Les presentaremos batalla. El cable es nuestro.            

sábado, 15 de febrero de 2014

Arlt, Lennon y la biblioteca


En la biblioteca del centro cultural que está cerca de la casa de un amigo muy querido - el loco tormenta - me habían dicho que encontraría la mayor parte de la obra de Arlt, pero solo encontré Los Siete Locos. Consulté a la chica que atendía en el mostrador y como estaba pasada de porro, la búsqueda que hizo en la computadora no fue incisiva. Me contestó un simple: "acá solo figura este único titulo." Insistí con la consulta indicandole que me habían pasado el dato del lugar como una posibilidad de encontrar varios títulos, pero la respuesta, nuevamente, fue la misma.
Hacía calor y los ventiladores funcionaban a medias. Mientras secaba el sudor de mi frente, tuve que conformarme con lo que encontré del autor. El calor empezó a darme sueño y a mitad del libro empecé a cabezear. La muchacha que atendía vino a despertarme y me preguntó si quería un café. Acepté. Me lo trajo y se quedó sentada conmigo. Hablamos un largo rato de literatura, hasta que del café pasamos a una cerveza. En la biblioteca no había mucha gente; los pocos que estaban, parecían bastante fumados. Casi no hablaban. De a ratos se oía alguna risotada o algún comentario político, ya sea para denostar o defender alguna postura. Íbamos por la cuarta cerveza  y no paraba de hablar: recorrimos toda su vida, las poses sexuales que más le gustaron y sus distintas experiencias de pareja. Cuando llegó mi turno para hablar, la chica se abalanzó sobre mi y con sus manos me apretó la cara - que labios que tenes, me dijo - zampandome un beso de aquellos. Cuando despegamos la cara, sonrió avergonzada y volvió a besarme, pero sin tanta intensidad. Comenzamos a vernos más seguido: encuentros en parques, algunas fiestas de amigos, paseos con el perro. Al mes fui a vivir al departamento que alquilaba. "Tráete todo lo que tengas", me dijo. Y me llevé todo lo que tenía: una mochila, algunos libros y discos.

- Nada más que esto trajiste - dijo al verme llegar.

- Es todo lo que tengo - contesté sin inmutarme.

- Ah sos bastante hippie - apuró entre risas.

- Detesto a los hippies. Fueron demasiado funcionales al sistema y para colmo, todavía tenemos alguno que ronda, muy contento, con esa bandera.

- No te ofendas - dijo entre risas - Yo soy medio hippie - remató.

- Ya veo. El adolescente necesita no crecer nunca y aburrirse con ciertas verdades. Ante todo el reviente, las luces de colores, las guirnaldas y después, bien en el fondo, la realidad.

- Bueno, paremos con la reflexión. Mejor acomódate, que voy por unas cervezas frías - dijo, paseándose en bombacha hasta la heladera. 

Mientras tomaba el vaso lleno de espuma que me había servido, se fue a ponerle la correa al perro - se llama Lennon - Saltaba para todos lados. Tiene prohibido mear adentro. En el parque lo soltamos, corría de árbol a árbol, también pasó por arriba de la gente que estaba recostada tomando sol, pero nadie se enojó. Hizo que lo amen al instante. Besaba a todo el mundo sin ningún temor a las represalias, ni distinción de sexos. Maravilloso.
Antes de que la tarde cayera pegamos la vuelta. Entre risas, algun beso y jura de amor eterno, Lennon se atragantó con la colilla de un cigarrillo. Intentamos darle algunas palmadas en el lomo pero nada. Ella lloraba desesperada. Fuimos a la veterinaria más cercana. Estaba cerrada. Probamos nuevamente con las palmadas y cada vez se le iba más adentro. Tosía, dale que dala, hasta que quedó duro en la vereda. Nos abrazamos, lloramos. Metimos a Lennon en una bolsa de residuo, que nos facilitó un vecino que tomaba mates en la puerta de la casa. Fuimos hasta la biblioteca, atrás tiene un gran fondo con pasto. Ella empezó a picar la tierra con una pala que había quedado de una obra. Enterramos a Lennon. Quiso quedarse sola, así que volví al departamento . Intenté dormir y como no pude, hurgué la biblioteca; elegí Los Lanzallamas de Arlt. Entre pagina y pagina, le daba alguna pitada al cigarrillo, que tristemente iba desapareciendo en el cenicero. La esperé todo lo que pude, hasta que no logré dominar el sueño: caí desplomado en el sillón, con el libro abierto de par a par en el pecho.
Desperté bien temprano y ella no estaba en casa. El calor era imperante. Después de ducharme y de haber intentado llamarla al celular, comí un desayuno frugal. Dos horas más tarde, ella llegó con dos bolsas de residuo, repletas de colillas de cigarrillo y con la cara desmejorada. "Para que no haya más Lennons en el barrio", dijo sonriente, mientras se dejaba caer en la cama. 

viernes, 7 de febrero de 2014

Matarlos a todos y hacer caridad


(Escenas de un colectivo agitado)

Ya estaba fastidioso. El colectivo no venía, al lado tenía una señora, que al parecer esperaba el mismo colectivo y no paraba de protestar contra la nueva generación en gestación. Otra señora la acompañaba y asentía cada una de las cosas que decía; incluso agregaba alguna misiva, tal como: “esto con los milicos no pasaría”. Mientras hablaban miraban hacia donde estaba, esperando que dijese o acotara algo. Al principio, debo reconocer, iba a putearlas pero después vi que venía el colectivo y concentré las energías en detenerlo, porque últimamente no te paran ni que te pongas delante. Las dejé subir, mientras parloteaban constreñidas por la cantidad de gente que no hace nada para mejorar. Traté de ubicarme lo más al fondo posible pensando que alguien les cedería el asiento pero al rato volví a tenerlas cerca de mí. Seguían como si nada.
- Este país es un desastre. Cada vez hay más gente que busca tener hijos para poder cobrar plata de arriba y lo peor de todo, es que esto lo pagamos nosotros. Los boludos.
- Eso no es lo peor, estimada. Acá el problema es que aparte de que se crían vagos, ahora esta de moda defender al delincuente – agregó mientras mascaba chicle con la boca cerrada y se abanicaba.
- Igual hablemos un poco más bajo porque quizás haya algunos sensibleros que siguen rompiendo las bolas con la izquierda – dijo sonriendo.
- Tenes razón – y también sonrió cómplice – Estos pibes de ahora piensan que van a salvar el mundo. Los dejan hablar mucho; son bastante maleducados.
Para colmo con esa cuestión de que entran y salen de las cárceles…la justicia se desmorona cada día un poco más ¡hay que matarlos a todos!

Algunos de los pasajeros alcanzaron a escuchar algunas cosas. Una mujer de cabellera enrulada, tenía la cara roja y los ojos encrispados. La observé un buen rato: se puso unos auriculares, revisó su cartera y sacó un celular - seguramente para contarle a alguien lo que estaba escuchando - A los pocos minutos se sacó los auriculares y los guardó rápidamente. Miró varias veces para ambos lados y acercándose a la puerta, no aguanto más: gritó en la cara de ambas “¡cállense ignorantes!”. Las señoras alteradas pero a su vez sorprendidas, no evitaron contestarle y se armó un debate acalorado.

- Por señoras como ustedes los proyectos no prosperan – arremetió la mujer.

Ambas se mostraron risueñas pero solo contestó una: la señora que protestaba sin parar en la parada del colectivo, la otra parecía más tímida.

- Entiendo su enojo, joven, pero sáquese las anteojeras y no se quede con el árbol. Vea el bosque. O me va a venir a decir que estamos bien o que los boludos de esta era no son las personas que trabajan…hágame el favor de no repetir lo que escucha – contestó la señora, recostada sobre el asiento.
- Usted es una fascista. Se la paso diciendo todo el viaje que hay que matarlos a todos. Se quejó de las familias que reproducen hijos, argumentando que lo hacen para ganar plata…
La verdad, la estoy tratando con respeto pero debería decirle que es una vieja de mierda.
Me niego a ensuciar la mierda.

Varios quisieron participar; algunos decían cosas a lo lejos pero sin ningún tipo de fuerza. Demasiado flaco. Reproducían lo que podía quedar en un simple estado de facebook. La mujer pedía a estas personas que sostengan lo que decían y en ese momento solo se limitaban a putearla. La mayoría de los pasajeros intentó alguna agresión física; estaban inquietos, se miraban como impotentes, estiraban los cuellos de sus remeras y se despacharon de forma peyorativa: “zurdita de cuarta”, “esta seguro que es de esas feministas insoportables”, “debe ser lesbiana”. La mujer cargó contra toda la intifada, respondiendo a cada una de ellas.

Me faltaba poco para bajar. Las mujeres seguían discutiendo. Escuché hasta donde pude pero tuve que enfilar hacia la puerta, el colectivo estaba lleno y mi destino ya era próximo. Toqué el timbre. Las señoras bajaron conmigo. Caminé detrás varias cuadras y cuando nuestros caminos se separaban en la esquina, la más tímida estiró la mano a una lata que estaba al lado de una persona que dormía tapada con cartones, luego se hizo la señal de la cruz, saludó a su amiga y se metió en un supermercado.